Oddments photobook
El ser humano considera el conocimiento como algo intrínsecamente positivo. Cuando la imagen se impuso como principal medio de difusión de la información pensamos que esto (la posibilidad de ver los hechos con nuestros ojos) nos llevaría a una mayor consciencia de los problemas de nuestra sociedad y que, a su vez, nos empujaría al cambio. Creímos que al ver las imágenes de catástrofes, destrucción y tragedias nuestras conciencias despertarían, ofendidas por tanta vileza. Con gran decepción asistimos a la debacle. No solo esas imágenes no nos movieron al cambio si no que nos anestesiaron, nos hicieron insensibles o, en el mejor de los casos, nos sentimos culpables e impotentes. Tan impotentes que nos vimos incapaces de reaccionar, de actuar. El bombardeo mediático nos hizo indiferentes, fríos. Una avalancha de imágenes, resultado de siglos de violencias e injusticias, imposibles de procesar y comprender profundamente en una realidad tan compleja e interconectada como la actual.
En este contexto hablar de naturaleza y de nuestra relación con el ambiente resulta cuanto menos complejo. Si es verdad que nuestra desconexión con el entorno natural tiene raíces muy antiguas también es verdad que es con la revolución industrial cuando la pérdida de armonía entre hombre y naturaleza llega a su máxima magnitud. A lo largo de los últimos dos siglos el ser humano ha desarrollado un enfoque cada vez mas antropocéntrico presentando la naturaleza como algo externo y contrapuesto. La explotación del suelo, la deforestación, el vertido indiscriminado en ríos y mares, la contaminación del aire solo son algunos de los miles de abusos que el ser humano lleva a cabo cada día y que cada año asumen proporciones cada vez más desmesuradas. Las imágenes de estos desastres, unidas a las de las consecuencias de esta actitud, como el calentamiento global y sus efectos, son el pan de cada día. Imágenes impactantes y desoladoras que frustran más que motivar, dejando en nuestras mentes la sensación de un planeta condenado. Son imágenes que nos hablan de un descontrol, de procesos que llevan siglos desarrollándose sin que hayamos sido capaces de pararlos. Y ahora sus magnitudes son tales que sentimos que es imposible revertirlos.
Pero, como todo, también estos procesos han tenido un comienzo. Pequeños gestos arcaicos que en muchos casos hoy en día no somos capaces de reconocer como negativos al haberlos normalizado, debido a nuestra visión utilitarista y consumista del entorno natural. Un árbol talado, un animal en cautividad, una presa, un movimiento de tierra… Todos ejemplos de la actitud que nos ha llevado hasta aquí.
La solución a un problema siempre pasa a través de la comprensión de los mecanismos que lo han generado. Por esta razón este trabajo reflexiona sobre las acciones que marcan el inicio y el desarrollo temprano del distanciamiento entre el ser humano y su entorno natural. Son acciones que hoy consideramos normales pero que contienen el germen de una ruptura, una pequeña violencia que, repetida a lo largo de los siglos, nos han conducido a una pérdida total de contacto, de intimidad, con esa naturaleza que nos ha visto aparecer en este planeta como una de las muchas especies y no como la elegida. Y que ahora se rebela y amenaza con arrojarnos al precipicio que nosotros mismos hemos creado.
El proyecto propone unas fotografías que no pretenden impactar o conmocionar al espectador sino que son imágenes reflexivas. Una reflexión que invoca a la comprensión y que reconduce el problema a una escala asimilable para generar una conciencia. Comprender que los problemas aparentemente insuperables que afectan al mundo de hoy en día son el resultado de un descuido amplificado por el tiempo. Un falta de comprensión de la importancia de la relación que nos
liga a la naturaleza en cuanto seres naturales. Pero también comprender que lo que hoy consideramos natural no lo es. El campo no es naturaleza, los bosques plantados no son naturaleza (ya casi no quedan bosques vírgenes), los parques de las ciudades no son naturaleza. Hay que replantear el concepto entendiendo lo mucho que nos hemos alejado del buen camino.
El trabajo se compone de dos tipologías de imágenes. La primera consiste en una serie de imágenes que retratan un entorno marcado por la intervención humana pero en la que el hombre no aparece, expulsado de la propia escena, culpable de una agresión injustificada. Estas imágenes hablan de gestos arquetípicos, gestos arcaicos que expresan la imagen primordial, contenida en el subconsciente colectivo, de esas violencias hacia nuestro entorno. La segunda tipología consiste en imágenes que representan a un cuerpo femenino que no solo se funde con la naturaleza, sino que se convierte en ella, proponiendo una tregua, un gesto conciliador que sugiere una nueva actitud. Se trata de un cuerpo, alejado de los estereotipos occidentales, que se propone como alegoría de la creación, del renacimiento del hombre que toma conciencia de su propia condición de elemento natural entre elementos naturales y redescubre su propia esencia a través de la catarsis.
Es una visión intimista que propone la belleza como valor absoluto más allá de los cánones estéticos y como instrumento contra la degradación del ser humano.
La manera en la que el trabajo está desarrollado a nivel gráfico refleja nuestra voluntad de evocar el concepto de fábula, entendido como medio de trasmisión de las ideas. Pensamos en la fábula porqué representa una herramienta de narración atemporal y universal capaz de transmitir, a través de metáforas sencillas, conceptos complejos. Utilizando la alegoría propone modelos para el comportamiento humano muchas veces en relación con la denuncia de la injusticia social y fomentando el pensamiento crítico.
Utilizamos técnicas analógicas porque consideramos que los procesos lentos favorecen la reflexión y expresan la voluntad de un cambio de paradigma. Un ritmo distinto, lejos de las prisas que caracterizan la sociedad y la cultura contemporáneas.
Desde el punto de vista de la relación entre las imágenes, debido a que este es un trabajo en el que confluyen las obras de dos fotógrafos, te dejo aquí un extracto del texto que nos escribió un amigo nuestro curador que habla un poco sobre la influencia reciproca entre Gael y yo.
Texto de Carlos Martín:
“Luca está ahí cuando Gael recoge estos paisajes, tras la cámara o al lado de ella, fuera de campo. Gael está delante de
la cámara cuando Luca captura estos cuerpos. En ese sentido, el suyo no es un trabajo colectivo, pero sí indica que
la presencia, la compañía de otros condiciona, consciente o inconscientemente, el resultado de una obra individual. Esa
presencia física, tangible, de los cuerpos de ambos, altera lo que miran y le aporta un estrato que solo se desvela
cuando sus imágenes se muestran en conjunto. Esa confluencia, esa paradójica forma de negarse y afirmarse el uno al
otro.”
“L’Ineffable nos habla de una forma peculiar de colaboración o de contaminación en la obra de dos fotógrafos, de una
conexión entre dos poéticas.”
“Luca Bani fotografía un cuerpo que a fuerza de abstracción y anonimato se transforma monstruosamente en un
paisaje; Gael del Río captura paisajes que otros cuerpos, ausentes ya, han transitado y matizado de manera silenciosa,
con alevosía criminal.”
«Las palabras
tras una eterna demora
renuncian a la esperanza
de ser pronunciadas
de una vez por todas
y así morir
con quien las ha poseído.»
Eugenio Montale